La máquina y el esclavo

“La esclavitud no sería necesaria,
si las lanzaderas tejieran solas,
y las púas tocaran el arpa”

Aristótes*

El Ser humano, como animal inteligente, ha necesitado desde siempre herramientas para para sustituir sus carencias físilógicas, pues es ese uso de la visión en perspectiva, de la posibilidad de usar objetos para otros fines que para aquellos para los que han sido concebidos. El ser humano es el ser que imagina y utiliza su mente para transformar su entorno a placer. A menudo que ha desarrollado su sociedad ha necesitado crear herramientas cada vez más complejas… y no hay herramientas más complejas que aquellas que provee la naturaleza: ha hecho uso de bueyes para arrastras carros y arar campos, ha domesticado gatos para cazar ratones y perros para la caza en general o para el desplazamiento por la nieve, ha criado caballos y camellos para trasladarse… y en definitiva, ha hecho uso del animal más inteligente y útil que conoce, el propio hombre.

El hombre es la máquina más avanzada, mejor desarrollada y adaptada, es la cumbre de la evolución (o eso queremos creer). La esclavitud es entendida así como el uso de esta herramienta providencial por el hombre para lograr el último propósito del hombre, el fin supremo que, en definitiva, ha condenado siempre la iglesia católica, el trabajo y el dolor (es nuestro castigo por tomar el fruto prohibido, es la causa de nuestra expulsión del paraíso). Con esta herramienta trabajando, el hombre puede dedicarse al ocio y, al fin y al cabo, a aquello que más aprecia, a su inteligencia, al uso de su razón y al diálogo (en la misma Grecia antigua sólo podían hacer filosofía aquellos que disponían de tierras y dinero para no tener que trabajar, y por lo tanto poderse dedicar con plenitud al arte del saber). Será quizás, ésta, la razón por la que no haya forma de acabar con la esclavitud, pues es la aspiración del hombre. No quiere esto decir que aquella tenga porqué continuar siendo humana o animal.

El desarrollo industrial, el desarrollo de la máquina, de la ciencia y la técnica, ha permitido la sustitución de la fuerza animal por la fuerza mecánica. Los arados, molinos y transportes ya no necesitan de mulas o caballos para ser movidos, pues el motor provisto de otras fuentes de energía los sustituye. Poco a poco el trabajo del hombre se ha visto también desplazado por el trabajo de la máquina, gracias (algunos dirían “por culpa”) del desarrollo de la robótica. La misma palabra robot viene del checo, y significa trabajo esclavo. Podemos decir que, al fin y al cabo, sí hay una posibilidad de que el Ser humano logre su objetivo último: es posible la redención, es posible el fín del trabajo, la igualdad, la libertad y el diálogo entre todos los individuos (pero esto último ya entra en el campo de la política).

Tan sólo cabe una preocupación en todo esto… y es aquello que más me aterroriza de las obras que analizaba en un artículo anterior, sobre los dos grandes artistas Dick y Scott. Es cuando la máquina siente, cuando la máquina conoce el dolor, cuando conoce el miedo, es en este momento cuando deja de ser una máquina. Los seres que describían ambos autores (androides, andillos o replicantes) no son máquinas, son seres vivos. Comienzan a desarrollarse en nuestros días máquinas capaces de realizar el trabajo de científicos, es decir, de formular teorías. Al final, aquella realidad que describieron en sus obras no se encuentra tan lejos de la realidad que vive hoy la ciencia. Escribía hace unos días la espeluznante experiencia por la que pasó el escritor Primo Levi en los campos de concentración, en dónde los seres humanos se convertían en simples máquinas desprovistas de toda capacidad comunicativa o de acción; se convertían en simples herramientas que realizaban un trabajo puramente mecánico. Hoy me preocupa otra cosa, totalmente contraria a la que escribía aquél día, que la máquina pueda llegar, en un futuro cercano o lejano a convertirse en esclavo.

Nos encontramos en un momento en dónde aquellos fantásticos objetos, ordenadores y naves, que describían los genios de la ciencia ficción como Isaac Asimov, quien inventó el término “robótica”, largo tiempo hace que han quedado atrás, y vemos aquellas tecnologías más que alcanzadas. Esperemos que los científicos, o más aún, las empresas que desarrollan esta tecnología (la informática y la robótica), sean capaces de diferenciar la barrera entre lo vivo y la máquina; algo que, al parecer, los protagonisas de las obras de Dick y Scott parecen incapaces de realizar. Porque al fin y al cabo, ambos, máquina y humano, son dos objetos animados dotados de un “cerebro” que da ordenes para la interacción de sus partes. Que las máquinas sigan siendo máquinas y los humanos humanos, porque en la frontera se encuentra la esclavitud.

* Ballesteros, Jesús. Repensar la Paz. Internacionales Universitarias, 2005.

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3 comentarios en “La máquina y el esclavo

  1. A pesar de que no encuentro realmente interesante estos comentarios, dado que mis inclinaciones son más de tipo escatológico/sexual, debo decir que se trata de un estupendo análisis de la obra de este genial autor. Por tanto, el artífice del blog en cuestión se merece mi mas reputada enhorabuena.

  2. Querido Anónimo, si no te gustan las fotos de negros semidesnudos y maniatados no encuentro que puede haber más escatológico/sexual que esto.

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