Asimov y la influencia de la Historia 1

“La ciencia ficción en sí tiene ciertas satisfacciones peculiares. Es posible que al tratar de expresar la tecnología del futuro se acierte. Si después de haber escrito una historia determinada se vive lo bastante, se puede tener la satisfacción de comprobar que tus profecías eran razonablemente acertadas y que a uno se le considere como un profeta menor.”

Isaac Asimov: Sueños de Robot. Debolsillo, Barcelona 2002. 1.

1. El pequeño profeta: Isaac Asimov.


Es lícito preguntarse porqué si el tema que nos aborda es la historia de la República Romana, me sumerja en estas líneas en una perorata sobre las historietas de robots y del espacio, incluyendo en los preliminares una cita extraída de la introducción de una recopilación de relatos cortos que el autor dejó escrita con la intención de acercarse a sus lectores. La razón resulta obvia: Isaac Asimov escribió sobre todo ciencia ficción. Y me siento comprometido a añadir que, cuando fui a buscar la obra que me propongo abordar, al pasarle una hojita con la referencia del libro al bibliotecario, éste me sorprendió con un comentario sinuoso: “Isaac Asimov… ¿un libro de historia? No tenía ni idea de que también escribiera historia”.

Precisamente porque el autor de novelas de ciencia ficción, aparte de ser un hombre versátil, parecía estar comprometido con la humanidad, no solo tratando de vislumbrar qué nuevas traería en el futuro cercano, lejano, y aún más lejano, sino también describiendo la historia desde la antigüedad. Por encima de todo, Isaac Asimov era un científico (y por debajo de ese encima era un americano; explicaré más adelante porqué digo esto), y para tratar de adivinar el futuro, ¿que otra forma mejor hay que estudiar el pasado?

Para ilustrar esta característica profética del novelista, no encuentro nada mejor que compararlo a uno de los personajes claves de su obra, Hari Seldon (personaje esencial en la saga de La Fundación): se trataba de un matemático (es decir, un científico, al igual que el propio Asimov), que había descubierto, mediante las matemáticas, la fórmula para calcular los acontecimientos venideros, y mediante ésta, pretendía dar un empujón al futuro de la Humanidad para su más rápido desarrollo. Quizás Asimov no descubriera esa fórmula casi mágica para visionar el futuro, pero desde luego era algo que se dibujaba en los más profundos sueños del autor, y en cada uno de sus escritos (salvo, por supuesto, en aquellos de divulgación histórica) añadía un pequeño grano, una pequeña idea sobre cómo se desarrollaría la robótica (término, que por cierto, fue él el primero en utilizar), sobre cómo se desarrollarían las comunicaciones, o sobre cómo serían los viajes espaciales, todo ello con propósito de explicar desde los aspectos más puramente técnicos hasta las afecciones psicológicas de estos descubrimientos en los individuo.

De esta manera, si bien como científico fue sorprendentemente profético en numerosidad de temas, como lo fue con la utilidad que tendrían en el futuro las computadoras, sí había algo que atemorizaba a Asimov, y no pudo no dejarlo por escrito en una de sus reediciones:

Estas situaciones embarazosas se vuelven especialmente agudas cuando las historias que uno ha escrito de reeditan […]. (E)s probable que se incluyan en la colección relatos escritos y publicados hace treinta o cuarenta años, que dejen un amplio margen a que aparezca cualquier nube en la bola de cristal. Esto no me ocurre a mí tan frecuentemente como debiera, porque tengo muchas cosas a mi favor […], conozco bien la ciencia […], soy cauto en mis predicciones y no me revuelvo alocado en contra de los principios científicos. No obstante, la ciencia avanza de verdad y a veces produce resultados totalmente inesperados en muy pocos años[…].

Sueños de Robot. Debolsillo, Barcelona, 2002.

Todo investigador se equivoca, la ciencia se construye con esfuerzo, y desde luego, puede perdonársele si se equivocó por ejemplo en la descripción de los planetas vistos de cerca, o si sus robots y computadoras resultaron al final un tanto inocentes. Debemos, por otro lado, darle las gracias a su dedicación tanto a la ciencia como a la proliferación de la literatura de ciencia ficción.

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