Asimov y la influencia de la Historia 4

4. El camino de rosas: 1000 años de conflictos.

No hay nada más sencillo y clarividente que mil años de guerras triturados en pedacitos y amasados para su comprensión y amenidad en su lectura. Asimov nos relata una historia que a menudo no es tan conocida como debería, de una pequeña ciudad, que había surgido de la unión de unas cuantas tribus con motivo de su protección. Dicha unión supuso dos cosas, que la pequeña ciudad estuviese influenciada por la cultura de latinos, etruscos y sabinos (como explica Asimov, la palabra “tribu” proviene de la palabra latina que significa “tres”, por lo que da por entendido que la fundación de la ciudad podría ser debida a la unidad de tres aldeas, cada una perteneciente a una de esas culturas), y que Roma se encontrase, desde sus tiernos comienzos, como isla en medio de un mar de conflictos: en primera instancia con los latinos, debido a su situación geográfica en esta región, y en segunda con Etruria y los sabinos, debido a su situación limítrofe con estas zonas de influencia. Resulta clarificador esto, gracias a los numerosos mapas de apoyo que incluye Asimov en su obra. Asombra cómo, una pequeña ciudad pudo sobrevivir ante tal panorama, y aún pensando en aquellos imperios que ya habían empezado a caminar, griegos y cartagineses. Y por supuesto, la pequeña ciudad sucumbió en temprana edad, frente a los salvajes galos, que realizaron saqueos por toda la península. Pero Roma salió adelante, haciendo pactos con ciudades cercanas para hacer frente a sus enemigos más directos. Roma avanzó durante siglos en terreno, y los que eran aliados en un momento, se convertían en enemigos, una vez la ciudad se hacía vecina suya. De este modo, se hizo con el control de la región latina primero, y después de Etruria y sabinos, llegando a aniquilar a estos pueblos y acabando con la dominación griega y cartaginesa del sur y de Sicilia.

Para hacerse una idea de la conflictividad de la historia de los primeros siglos de Roma, Asimov establece un dato de mera curiosidad, pero que sirve como un marcador excelente: el templo de Jano, Dios exclusivamente romano de lo que empezaba y lo que acababa, Dios del pasado y del futuro. Resulta irónico que nos venga en socorro este Dios, precisamente de la mano de un autor como Asimov. Expondré tal y como lo hace el autor: el templo de Jano tenía dos puertas que daban al este y al oeste (el principio y el final del día), y estas puertas se mantenían abiertas siempre que empezaba una guerra, en invocación a este Dios. Pues bien, dichas puertas no son cerradas en todo el libro salvo en tres contadas ocasiones. Por supuesto, la última de éstas fue con la llegada al poder de Octavio Augusto, dando conclusión a la República, y a su vez, a la obra de Asimov.

No es de extrañar, que en los primeros tiempos del hombre, éste desease su extensión hacia lo desconocido, ansiase aprender de otros pueblos y lograr nuevas adquisiciones terrenales y materiales. Pero en el caso de Roma, rara vez se adentró en una guerra, si antes no recibía algún tipo de ofensa mínima directa, hacia la ciudad, o por insulto de uno de sus enviados. Un ejemplo del carácter de los romanos es el siguiente extracto del libro:

Roma, aún no dispuesta a luchar en el sur de Italia […] (e)nvió delegados a Tarento para concertar una tregua […]. Los tarentinos se rieron de la manera romana de hablar griego, y cuando los embajadores romanos estaban abandonando el centro del gobierno, un pillo de la multitud orinó deliberadamente la toga de uno de ellos. […] El indignado embajador proclamó amenazadoramente que esa mancha sería lavada con sangre; volvió a Roma y mostró la toga manchada al Senado. Este, lleno de cólera, declaró la guerra a Tarento en 281 a.C. Ahora los tarentinos se sintieron realmente atemorizados. Una broma era una broma, pero los severos romanos parecían no tener sentido del humor.

Puede decirse que cualquier escusa era suficiente para hacer la guerra, y el ejército romano, gracias a las avanzadas técnicas de guerra, compuesto por apiñadas pero móviles legiones, resultaría casi invencible (pocos enemigos pudieron hacerles frente, Pirro y Aníbal fueron de los pocos grandes líderes que lograron atemorizar a los romanos). Pero la pregunta es si basta un ejército fuerte para controlar toda una extensa región, como lo era la Península Itálica. Pues bien, habría que mencionar que no fueron pocas las guerras intestinas que tuvo que librar la República, entre ellas las cuatro guerras civiles que dieron en última instancia la victoria a Octavio Augusto, dejándolo sin enemigos vivos que le pudieran hacer frente en el poder; por otra parte, hubo tres rebeliones de esclavos, que los romanos pusieron el nombre de Guerras Serviles, debido al gran número de ellos que mantenían sobre todo en la isla de Sicilia, el mayor abastecedor de alimentos de Roma.

Dice Asimov, que en la segunda mitad de la vida de la República Romana, la población había sufrido tantos estragos por las sucesivas guerras, que ésta era muy inferior en número en comparación con los primeros años. No obstante, desde su inicio, Roma tuvo un elemento a su favor, que le evitó en innumerables ocasiones sustos con las regiones conquistadas de lo que Asimov gusta en apodar “la bota itálica”: la paz. Mientras Roma dominara estas regiones, todas las ciudades y aldeas conquistadas disfrutaban de paz, dejaban de tener una razón para combatirse unas con otras, y éste era un ferviente acicate para la no rebelión en contra de su dominador.

En definitiva, el camino de rosas del que hago referencia no era de rosas, sino de piedra, y éste no puede ser otro más que la Vía Apia que construyó Apio Claudio el Censor y fue extendido posteriormente, como brazo para desplegar con ligereza las tropas hacia las colonias romanas, en un primer instante, las de Campania, con la intención de doblegar a los samnitas. Se le unían posteriormente, para realizar la misma función hacia el norte, las vías Flaminia y Cassia. No por nada surgiría la expresión “todos los caminos llevan a Roma”, pues durante cientos de años, estos caminos serían utilizados como únicas rutas comerciales, siendo éstas, las venas de Europa, parte más del gran legado que los romanos nos dejaron tras su caída.

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