Asimov y la influencia de la Historia 5

5. La organización política de Roma: corrupción de la República.

Tal y como aclara Asimov, los primeros tiempos de esta peculiar ciudad son oscuros. Los primeros manuscritos de la ciudad se echaron a perder probablemente en la primera destrucción de la ciudad, por parte de las tribus galas. De esta forma los romanos no vacilaron a la hora de inventarse un pasado de origen mítico, y lo encontraron en una de las mayores obras de la mitología griega, la Ilíada. No es de extrañar, ya que los jóvenes de la creciente potencia (que había llegado hasta Grecia), sentían una enorme admiración por esta cultura, y no había noble que no tuviera el honor de tener como profesor a un sabio griego. Así, el primer capítulo de la historia de Roma, así como del libro de Asimov, es un resumen de la sucesión de mitos que engloban esta etapa oscura de Roma, y apenas se vislumbran algunos nombres que pudieran tener trascendencia histórica, como es el caso de los siete reyes que reinaron antes de la fundación de la República Romana.

Afirma Asimov en su libro, “aun bajo una república debían tener a alguien que los gobernase”. Así fue como hartos del poder de los reyes, los romanos decidieron establecer un gobernante “elegido por un año solamente” que “no podía ser reelegido de inmediato”. Asimov continúa explicando cómo se aseguraron los romanos de que el sistema de gobierno funcionase: “para asegurarse doblemente, fueron elegidos dos gobernantes, y no sería válida ninguna decisión que no fuese tomada por ambos de común acuerdo”, “y ambos, en ciertos aspectos importantes, tenían que inclinarse ante el Senado”. Asimov está hablando de los pretores, que más tarde fueron llamados cónsules, y estaban a cargo de las fuerzas armadas de Roma. Había otra clase inferior, los cuestores, que hacían la función de jueces. Posteriormente surgiría una nueva figura, debido a la presión que realizaron los plebeyos por tener participación en el gobierno, serían los tribunos, que “obtuvieron el poder de suspender la leyes que desaprobaban sencillamente gritando ¡Veto!”.

Es comprensible que en cientos de años de historia, el Senado, y en general el gobierno de Roma sufriera numerosos cambios y aparecieran figuras tales como los ediles (recaudadores de multas), los dictadores (encargados de gobernar en tiempos de crisis), o los censores (que tuvieron diversos papeles, entre ellos realizar los censos o imponer y juzgar normas de moral en el Senado). A menudo los numerosos cambios se debían al viento a favor o en contra de alguno de los grupos que componían la clase gobernante, otras veces, eran necesidades propias de una expansión terrenal. Llegó el momento, en que Roma se hizo tan grande, que le fue necesaria dividir sus tierras en provincias y llevar gobernantes temporales a estas regiones. Los dos cónsules perdieron tras la primera guerra púnica su poder para gobernar las provincias romanas, con el surgimiento de la figura de los procónsules. Feliz de aquél que tuviese la suerte de gobernar una provincia, pues estaba bien visto que hicieran fortuna en ellas. Asimov no lo niega, la administración era totalmente corrupta, y era común que se robase parte de las recaudaciones para Roma.

Y fue la corrupción lo que derribó la República de Roma. Durante el último siglo de ésta, un grupo de hombres se dio cuenta que la República necesitaba un lavado de cara, un cambio de orden social, con una redistribución de las tierras. Quizás las dos figuras más importantes a este respecto fueron Mario y posteriormente Julio César. Así, surgieron dos partidos que estuvieron fuertemente enfrentados (aunque a menudo, más que por ideología, por intereses económicos y políticos), en pocas palabras, un partido popular, que representaba a las masas empobrecidas por la codicia de sus gobernantes, y otro senatorial, que representaba a los nobles. Pero la política en Roma nunca se desarrollaba con normalidad, a menudo era quien disponía de un ejército sólido quien vencía frente al gobierno, cuando no, era común el asesinato como recurso para deshacerse de prometedores políticos en puja por el poder.

No sería más que otra pugna de poderes, las guerras civiles entre Pompeyo y Julio César, y posteriormente Marco Antonio contra Octavio, la que puso fin a este período de florecimiento político, jurídico y administrativo de la historia. Los asesinatos dejaron a Octavio sin cabezas vivas que pudieran objetar sobre su mandato: “Octavio recibió el nombre de Augusto, que significaba de buen augurio”, “nunca asumió el título de rey y mantuvo todas las formas de la República. Pero concentró todos los cargos en su persona, y fue el Imperator, que significa líder.” Así, Octavio Augusto fue el primer emperador, y si bien puede decírsele que destruyó la República, también puede decirse que salvó Roma, y sobre todo, su Imperio. Su papel fue el de continuar las reformas sociales y saneamiento de la ciudad de su padrastro, Julio César, que había sido probablemente el mejor dirigente de Roma en siglos. Asimov elogia a este personaje de la siguiente manera:

Si consideramos lo que César trataba de realizar, no podemos sino estar de su parte. A fin de cuentas, era menester una drástica organización del gobierno romano. El sistema romano de gobierno estaba originalmente destinado a gobernar una pequeña ciudad, pero demostró su ineficacia para ser aplicado a una región casi tan grande como los Estados Unidos. Ese sistema contenía ciertos elementos democráticos […] (p)ero sólo podían votar quienes estaban presentes en Roma, y gran parte del poder estaba en manos del Senado, que representaba los intereses sólo de una estrecha clase de la sociedad. […] (L)a mejor manera de lograr un gobierno eficiente y honesto era (con) alguien con el poder de un Presidente norteamericano fuerte. […] (César) se mostró […] concienzudo y eficiente, suave y benigno. Sobre todo, parecía que ansiaba ver bien gobernada a Roma, y para ello necesitaba afirmarse en el poder.

A partir de este momento, los vientos de la historia cambiaron de rumbo. Roma casi había alcanzado ya su máximo tamaño, el territorio de más allá era inexpugnable, y con las vías de comunicación de entonces, gobernar un territorio más grande hubiese sido imposible. Nuevos tiempos llegaban a Roma, era la época del Imperio, pero, tal como apunta Asimov, eso pertenece a otro libro.

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