La irresponsabilidad del elefante

La irresponsabilidad del elefante1

—Me han vuelto a joder —dijo Juan Carlos arrastrando las palabras—. ¡Están cargándose el pacto por el que mantengo en pié esta democracia!

—Pacto no escrito —respondió una voz desconocida—. Y desde luego esa gente piensa que eres completamente prescindible. Las cosas están mal, los periódicos tienen que vender portadas, les has venido que ni p…

—No me jodas Víctor, fui la clave de la transición, yo permití que esta gente pudiera vivir libre, y así me lo pagan, arremeten contra mi yerno, luego van a por mi y sacan lo de mi implicación en el caso, y para colmo se meten en los asuntos de mi hija y hablan sobre las desgracias de mi nieto, ¿qué tendrá que ver el pobre en todo esto?

Víctor Alarcón emitió una grotesca carcajada. Ahora lo había reconocido.

—No me negarás que no tenéis la negra los de tu casa con las armas de fuego. Siempre he pensado que si algo os destruiría sería esa afición enfermiza que tenéis por la caza. Tú, tu nieto, y hasta tu herma…

—¡Ni se te ocurra mencionarlo! —espetó el Rey—. Porque te tengo un gran aprecio, a ti y a tu familia, y además me asesoras bien, porque sino… hace tiempo que te hubiera cortado la lengua. La confianza da asco, a veces me pregunto de parte de quién estás.

—De su majestad, por supuesto, de su excelentísima majestad —dijo Víctor sarcásticamente—. Pero si tanto aprecias mis consejos, deberías haberme hecho caso y no haberte ido de caza con ese jequecillo con el que traficas.

—Lo necesitaba, Víctor, necesitaba respirar el aire limpio, me lo dijo el médico, y descansar… —paró un momento y cogió aire hondamente—. Últimamente tengo más ansiedad que nunca, mi cuerpo está viejo, estoy cansado, me duelen los huesos de ir de un lado a otro, una visita tras otra, una inauguración por aquí, una nueva representación por allá. Para colmo tengo que aguantar a Sofía casi a diario, por suerte ya no dormimos en la misma cama, porque antes no me dejaba ni dormir… Ya, ya, sabes que si pudiera abdicaría en mi hijo, el chico está preparado, pero España no, tenemos que demostrarles que estos Borbones no huiremos a la mínima dificultad. ¡Este país nos pertenece, no nos van a amedrentar tan fácilmente! —el Rey dio un fuerte golpe sobre algún material metalizado. ¿Una mesa?— Lo del elefante… puede que fuera un error, una enorme irresponsabilidad, pero me hacía falta descargar tanta tensión sobre alguien o algo. Tú no lo entiendes porque no te gusta la caza, nunca has querido venirte cuando te he invitado. Si tú supieras qué se siente, ver caminar a un animal tan inmenso, tan hermoso, tan… majestuoso… En comparación, yo soy pequeño y débil, pero cuando agarro la escopeta —su voz se volvió apenas un susurro, parecía disfrutar con cada palabra—, el frío acero del gatillo, teniendo en mi poder la decisión entre la vida y la muerte de esos animales, me siento rejuvenecer. No es lo mismo cazar elefantes salvajes que animales domesticados, ¿recuerdas el escándalo de aquél oso amaestrado en Rusia? Eso es basura, la prensa me jodió otra vez, pero yo a cambio no sentí nada, necesitaba volver a cazar animales de verdad.

—Esa es tu perdición —dijo el asesor seriamente—, eres el Rey de España, no tienes vida privada, y menos ahora que el pueblo lo está pasando mal, no puedes permitirte el lujo de caprichos, están recortándolo todo, lo que más quiere la gente, hasta la sanidad parece que van a recortar, este nuevo gobierno está cavando su propia tumba. No es el momento de tonterías… ¿no puedes esperar a que pase la tormenta?

—Esta tormenta no va a acabar hasta que no quieran los de la b… —empezó a decir el monarca.

—La casa real tiene que estar calladita —repuso Alarcón interrumpiéndole y haciendo hincapié en la última palabra—, como si hubiese desaparecido del mapa, sin llamar la atención, porque si lo hacéis arremeterán contra vosotros, y entonces sí saldrán a la luz todos vuestros negocios. Ya hay mucha gente que piensa que chocheas… desde el “¿porqué no te callas?” —el hombre rió discretamente— Yo se que no, que eres un hombre brillante, pocos reyes hubieran aguantado lo que tú, pero ahora hay que tener sangre fría. Los socialistas y los populares son aliados de la monarquía, por ahora; sabemos cosas que preferirían que no salieran a la luz, pero tal y como está el panorama político, podrían estar dispuestos a cortar por lo sano el miembro gangrenado.

—Entiendo por dónde vas, Víct…

—Por esto hay que ser cautos y no cagarla más —continuó con una enorme seguridad—. Se acabó la caza, se acabaron los coches de lujo, se acabaron los veraneos en palacios y los viajes de placer, se acabó el negocio de las armas, y sobre todo, se acabaron las prostitutas… —el Rey empezó a decir algo pero Víctor alzó la voz— ¡No acepto réplicas! Hasta ahora te he dejado hacer lo que has querido, pero a partir de hoy vas a hacer lo que yo te diga, si es que quieres salir de esta. —se hizo el silencio momentáneamente— ¿Ya puedes ponerte en pie y caminar sin mucha dificultad, verdad? Bien, pues vas a salir ahí fuera, vas a fingir que estás humillado, avergonzado, y vas a pedir perdón a todos los españoles; y asegúrate de mencionar que no los volverás a hacer nunca más.

La grabación terminaba ahí, o al menos la parte importante. No sabía cómo lo había conseguido su hombre, ¿un micrófono en un osito de peluche?, ¿un ramo de flores?, ¿algún soborno? Tales declaraciones podían hundir a la monarquía española de una vez por todas. Una idea rondaba por la mente del director del periódico, esto era grande, muy grande, y si quisiera podría vender millones de portadas. Reía para sus adentros. Soñó con lo que podría pasar después, cómo su nombre quedaría grabado en las páginas de los libros de historia como el hombre que derrocó al último Borbón. ¿Y si se lo guardaba para utilizarlo cuando a él más le conviniera?«Ay…» pensó, «… si la gente supiera…». Pero no podían saberlo. Por el bien de todos, por el bien del periódico, por el bien del partido, y por el bien de España. «Seré un cobarde, pero esto es lo último que necesitamos los españoles». Extrajo el pen drive de su ordenador. Abrió el cajón que tenía más cerca a su derecha. Dejó caer el dispositivo en su interior. Y cerró el cajón de las noticias perdidas, para no tener que verlo más.

1Esta es una historia de ficción, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. El autor no conoce las actividades privadas de ningún Rey, todas ellas han sido inventadas para dar verosimilidad a la trama del relato.

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